Manifiesto

Consideramos la prisión un lugar donde se encierra a quienes molestan al sistema y a la sociedad. Un lugar donde la venganza y el castigo son el principal cometido; vemos cómo la cárcel está normalizada, cómo no existe cuestionamiento sobre lo que significa; vemos cómo se justifica, cómo se alimenta, cómo buscamos el castigo al que nos incitan ante problemas a los que no nos sabemos enfrentar; también vemos como la prisión se llena de gente pobre, de personas migrantes, sin recursos, procedentes de barrios marginales, diagnosticadas por dolencias psíquicas; de personas desobedientes ante un sistema que oprime y reprime.
Las cárceles son reflejo de la sociedad, de una sociedad machista, homófoba, racista, especista, fascista, clasista, etc., y, por lo tanto, es un lugar donde se perpetúan todas estas estructuras de dominación. Sin embargo, y precisamente por eso, aunque la cárcel es reflejo de esta sociedad, lo que nos encontramos, principalmente, es un sector muy concreto de ella dentro de las rejas: personas con menos recursos, en situaciones de mayor vulnerabilidad, más estigmatizadas.

Las prisiones se presentan hoy en día como la solución a nuestros problemas. Los Juzgados, la Policía o las Cárceles se han hecho frecuentes ante conflictos cotidianos. Cada vez se recurre más a estas figuras como respuestas fáciles a problemas complejos y profundos. Cuestiones como el maltrato animal, disputas vecinales, agresiones sexuales, agresiones racistas, machistas están siendo abordadas por estas instituciones, muy alejadas de nuestra realidad y de nuestras verdaderas necesidades. Vemos el interés del sistema judicial carcelario, la policía y otras figuras de autoridad en hacerse un hueco en el cotidiano social. Por un lado, han conseguido normalizar su presencia e instaurar todo un entramado que delega la resolución de los conflictos a las autoridades, inhabilitando o, incluso, prohibiendo toda iniciativa independiente para afrontarlo.. Y por otro, implantando sus soluciones que, en todo caso, son parciales y que no atienden a la complejidad de los conflictos estructurales, aquellos de los que la propia Institución es responsable.
A nosotras estos problemas nos preocupan y muchos de estos conflictos forman parte de nuestros miedos diarios y, precisamente por eso, vemos importante tener una perspectiva global y ver qué es lo que genera dicho problema. Por consiguiente, también nos preocupa que las instituciones se apoderen de ellos y que pongan el foco en una parte del conflicto que desvía la atención de la raíz del problema en función de sus intereses. Para nosotras, es el reparto interesado y desigual de los recursos, la estructura patriarcal, racista, clasista, elitista, capitalista, especista, capacitista, etc., lo que hay que combatir y erradicar. Porque el problema no es que haya personas que roben sino que la pobreza te lleve a ello. Los problemas no se acaban por encerrar a quienes los personifican, los problemas se acaban derribando las estructuras de opresión que los generan y fomentan.

Entendemos que, a veces, las situaciones son difíciles de afrontar: emociones de rabia y frustración pueden llevar a querer castigar a la persona que nos hiere y, con esto, recurrir a los juzgados e incluso a las prisiones. Es de esperar que esto suceda, ya que en conflictos complejos estamos, muchas veces, desprovistas de herramientas para abordarlos nosotras mismas, entre otras cosas porque lo que origina gran parte de éstos son dinámicas sociales que difícilmente pueden afrontarse de manera individual.
A esto se le suma el fin mismo del sistema judicial que es asegurar los privilegios de unos pocos poderosos y mantener el reparto desigual de los recursos. Ya que los delitos más frecuentes son contra la propiedad privada (robos) y contra la salud pública (drogas), los cuales llevan, mayoritariamente, al encierro a personas sin recursos y con situaciones socio-económicas precarias. Por lo que normalizar, justificar y perpetuar esta institución, favorece las desigualdades y mantiene la estructura social sin cambiarla.

Por lo tanto, la cárcel es una respuesta inmediatista al miedo generado por unos conflictos resultantes de un sistema que oprime y perjudica a las más desfavorecidas.

Pero nosotras queremos ir al origen de lo que nos oprime, y por eso no aceptamos utilizar las estrategias que nos ofrecen para fortalecerse: por eso la cárcel nunca será una opción para nosotras.

Por todo esto el día 31 de Diciembre tendrá lugar una marcha a la cárcel de Navalcarnero.

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